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Biblioteca Digital Ciudad Seva - Cuentos

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Felicidad clandestina - Clarice Lispector Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería. No lo aprovechaba mucho. Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos". Pero qué talento tenía para la crueldad. Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro. Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. Pero las cosas no fueron tan sencillas. Y así seguimos.

Riquete del Copete de Charles Perrault, según el sentido cabalístico. Comentarios de Emm. d’Hooghvorst Historia magrebí “LA HISTORIA DE NALA Y DAMAYANTI”, del Mahâbhârata de Vyâsa “La serpiente blanca”, los hermanos Grimm "Basilisa, la Hermosa" cuento tradicional ruso según Alekandr Nikoalevich Afanasiev La leyenda del dragón y el ave fénix El pintor y el Emperador “El ermitaño” de Voltaire Arte y simbolismo – Universidad de Barcelona | La creación del mundo según los indios americanos 1. Relato de los indios winnebagos de Wisconsin. «No sabemos en qué condición se hallaba nuestro padre cuando empezó a tomar conciencia. Movió su brazo derecho y luego su brazo izquierdo, su pierna derecha y luego su pierna izquierda. Empezó a pensar lo que tenía que hacer y por fin empezó a llorar, las lágrimas fluían de sus ojos y caían ante él. Al poco tiempo miró ante sí y vio algo que brillaba. 2. «Al principio todas las cosas estaban en la mente de Wakonda. 3. Al principio no había nada más que una mera apariencia, nada exis­tía realmente. Ni siquiera existía un árbol para sostener a este fantasma, y sólo mediante su aliento mantuvo Nainema sujeta esta ilusión al hilo de un sueño. Lo intentó de nuevo nuestro padre y rebuscó en el fondo de aquello y sus dedos removieron el fantasma vacío. Tomó el fondo del fantasma y pisó sobre él repetidas veces, con lo que pudo finalmente descansar sobre la tierra que había soñado. Ya era suyo el fantasma de la tierra. 4.

"El salto" Hermann Hesse "El pájaro azul" de M. Maeterlinck.

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