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Gabriel García Márquez

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Ensayo no publicado de Vallejo contra Gabriel García Márquez. El siguiente es el mensaje que envió a este diario Andrés Hoyos, director de la revista ‘El Malpensante’: “En el ‘Alto Turmequé’ del domingo hay una imprecisión que quisiera señalar. Dicen allí que El Malpensante rechazó un ensayo que Fernando Vallejo nos propuso en 1998 por ser un ataque contra García Márquez y Cien años de soledad, lo cual es sólo parcialmente cierto. De hecho, publicamos por esos días otro ensayo de Vallejo llamado ‘Cursillo de orientación ideológica para García Márquez’, donde Fernando arremete contra el comportamiento político de su famosísimo compatriota sin la menor contemplación (ver: El que no publicamos pretendía demoler Cien años de soledad diciendo que es una novela escrita en tercera persona y otras cosas que ustedes citan en la nota.

Yo era el director en esa época y recuerdo que mi respuesta a Vallejo fue: ‘uno no ataca a un elefante con un cortauñas’. Gabito: No te preocupés que vos estás por encima de toda crítica y honradez. Los funerales de la Mamá Grande - Gabriel García Márquez. Radar. 22 de julio de 1967 Compadre: Me ha dado una gran alegría lo que me dices del capítulo de Cien años de soledad. Por eso lo publiqué. Cuando regresé de Colombia y leí lo que llevaba escrito, tuve de pronto la desmoralizante impresión de estar metido en una aventura que lo mismo podría ser afortunada que catastrófica. Para saber cómo lo veían otros ojos, le mandé entonces el capítulo a Guillermo Cano, y convoqué aquí a la gente más exigente, experta y franca, y les leí otro. El resultado fue formidable, sobre todo porque el capítulo leído era el más peligroso: la subida al cielo en cuerpo y alma de Remedios Buendía.

Ya con estos indicios de que no andaba descarrilado, seguí adelante. Mi principal problema no era solo mantener el nivel del primer capítulo, sino subirlo todavía más en el final, cosa que creo haber conseguido, pues la propia novela me fue enseñando a escribirla en el camino. Lo más difícil es el primer párrafo. Un gran abrazo, Gabo. El enigma de los dos Chávez | Por Gabriel García Márquez, Premio Nóbel de Literatura. Gabriel García Márquez Carlos Andrés Pérez descendió al atardecer del avión que lo llevó de Davos, Suiza, y se sorprendió de ver en la plataforma al general Fernando Ochoa Antich, su ministro de Defensa. "¿Qué pasa? ", le preguntó intrigado. El ministro lo tranquilizó, con razones tan confiables, que el Presidente no fue al Palacio de Miraflores sino a la residencia presidencial de La Casona.

Empezaba a dormirse cuando el mismo ministro de Defensa lo despertó por teléfono para informarle de un levantamientio militar en Maracay. Era el 4 de febrero de 1992. El presidente Hugo Chávez Frías me contaba esta historia en el avión de la Fuerza Aérea Venezolana que nos llevaba de La Habana a Caracas, hace dos semanas, a menos de quince días de su posesión como presidente constitucional de Venezuela por elección popular.

Fue una buena experiencia de reportero en reposo. El argumento duro en su contra durante la campaña había sido su pasado reciente de conspirador y golpista. Cien veces Gabo. Eligio García Márquez, el hermano del premio Nobel de Literatura al que todos llaman Gabo, contó en 1971, en un texto periodístico que luego entró en un libro (Así son, publicado por primera vez por La Oveja Negra, 1982), lo que el más famoso de los escritores de lengua española del siglo XX dijo cuando empezaron a atosigarle con las consecuencias de la gloria. Lo que él quería ser era pianista en Zúrich. La historia fue como sigue, según Eligio. Ya le buscaban de todas partes, porque su novela Cien años de soledad, publicada cuatro años antes, había tenido un éxito abrumador y le daban premios que para él eran castigos.

Así reaccionaba ante la gloria: “Pienso que más valiera estar muerto”, le dijo a Armando Durán. “Lo peor que le puede suceder a un hombre que no tiene vocación para el éxito literario, y en un continente que no está acostumbrado a tener escritores de éxito, es publicar una novela que se venda como salchichas”. Hubiera querido ser el hombre que tocaba elpiano en un bar” 23 de enero de 1958: El clero en la lucha, por Gabriel García Márquez. El 1° de mayo del año pasado (1957) -fiesta del trabajo- los curas párrocos de Venezuela leyeron en los púlpitos una carta pastoral del arzobispo de Caracas, Monseñor Rafael Arias. En ella se analizaba la situación obrera del país, se planteaban francamente los problemas de la clase trabajadora y se evocaba en sus términos esenciales la doctrina social de la Iglesia.

Desde Caracas hasta Puerto Páez, en el Apure; desde las solemnes naves de la catedral metropolitana hasta la destartalada iglesita de Mauroa, en el territorio federal amazónico, la voz de la Iglesia -una voz que tiene 20 siglos- sacudió la conciencia nacional y encendió la primera chispa de la subversión. Monseñor Rafael Arias, un hombre macizo y apacible que habla con la misma sencillez y la misma cadencia criolla de cualquier venezolano corriente, había meditado mucho antes de escribir la primera línea de aquella pastoral. No había una fecha prevista para la publicación de la pastoral. Vallenilla Lanz enrojeció: -No. Radar. Un día de primavera de 1957, un joven García Márquez caminaba por París cuando se cruzó con uno de sus dos grandes maestros norteamericanos: Ernest Hemingway. Ese momento, en que el futuro Nobel colombiano se vio desgarrado entre la pulsión periodística y la veneración literaria por el ya Nobel norteamericano, es la excusa perfecta para el texto que años después García Márquez escribiría bajo el título “Mi Hemingway personal”, en el que disecciona con devoción y lucidez la maestría artesanal del padre de Nick Adams.

La edición de Cuentos, que recupera la recopilación que Hemingway hiciera de sus relatos en 1938 y que acaba de llegar a las librerías argentinas, lo incluye como bienvenido prólogo. Lo reconocí de pronto, paseando con su esposa, Mary Welsh, por el bulevar de Saint Michel, en París, un día de la lluviosa primavera de 1957. Por una fracción de segundo –como me ha ocurrido siempre– me encontré dividido entre mis dos oficios rivales. Cuentos. La poesía de Gabriel García Márquez.